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El Real Zaragoza acumuló once hombres en cada jugada a balón parado
El final de un cuento, no precisamente de hadas, ha llegado. La derrota del Real Zaragoza frente al Rayo Vallecano limita de manera irremediable las opciones de un conjunto aragonés con pie y medio en Segunda División. El 1-2, el resultado ejecutor. Y eso que en el comienzo, el equipo, sus sensaciones, parecían mejores que las de los últimos partidos. Porque el Real Zaragoza comenzó presionando arriba y tuvo su primera ocasión en el minuto 2, gracias a un cabezazo de Postiga que se marchaba desviado por poco. Mismo protagonista que buscaba instantes después un lanzamiento lejano que Joel atajaba en dos tiempos. Nada hacía presagiar el final de una triste y repetida historia.
A partir de aquí se estiraba algo el Rayo Vallecano, sobre todo por dos pérdidas seguidas en el centro del campo comprometidas de los locales. Tanto que los madrileños se comenzaban a convertir en dueños del partido y obligaban con su toque a que jugadores como Apoño y Micael hicieran más kilómetros de los que acostumbran, sin entrar en contacto con la pelota.
Consecuencia de ello, el encuentro fue poco a poco enfriando su ímpetu inicial. Jugadores como Luis García o Dujmovic no encontraban su sitio en el terreno de juego, pasando muy de puntillas por el verde. Sin embargo, en el minuto 32 llegó el delirio y el justo premio. Primero por la repetición de la ‘agapitada’ a pesar de los esfuerzos de pararla por megafonía. Tan intensa que apenas se dio una tregua con el gol, golazo, de Postiga tras un enorme centro de Apoño. Era el 1-0 y el público seguía pitando a Agapito Iglesias, demostrándole que no importa el resultado para desear su marcha.
El tanto templaba los nervios de los maños, que sabían sufrir y enfriar el ya de por sí frío partido hasta el descanso. El Rayo lo intentaba a balón parado, pero los ensayos durante la semana de Manolo Jiménez surtían, al menos hasta el momento, el efecto deseado. El 1-0 al intermedio, previa ocasión de Armenteros, daba paso a los vestuarios con la victoria momentánea en el bolsillo.
TORMENTO DIEGO COSTA
En el descanso, cambios para los dos bandos. En los visitantes, Diego Costa entraba como nueve del Rayo por el veloz Rayco. Por su parte, Manolo Jiménez iba a por el partido con Lafita por Micael, recolocando a Luis Garcia en la banda derecha y optando por un clásico 4-4-2. Nada más comenzar, Aranda parecía sufrir un percance muscular, pero no suficiente como para retirarlo del terreno de juego cuando Juan Carlos ya estaba preparado.
Tras unos minutos de incertidumbre, con el Rayo creciendo poco a poco, Jiménez tiraba del regreso de Mateos para apuntalar un centro del campo donde Dujmovic había perdido por completo su fuelle. También el anunciado de Juan Carlos por Aranda, cuyos problemas musculares crecieron. A todo esto, el partido corría por el minuto 66 y los nervios comenzaban a atenazar las piernas de los necesitados zaragocistas. Sobre todo porque los vallecanos ya comenzaban a dar muestras de buscar imperiosamente el empate.
Se preveía final de infarto porque el Real Zaragoza no lograba sentenciar. Una buena internada de Juan Carlos que no encontraba rematador pudo ser la tranquilidad, pero no. Y quien perdona lo paga. Diego Costa cabeceaba lejos del alcance de Roberto un servicio desde la izquierda para empatar el encuentro. En el 32 de la segunda, Lafita estuvo a punto de emular lo ocurrido en la primera con el gol de Postiga, pero en esta ocasión salvó Joel.
El desastre se consumó con un zurdazo de Michu que llevaba el 1-2 al marcador, momento ideal para comenzar los cánticos contra palco y jugadores. Pero más grande era la sensación de que el equipo está en Segunda División casi de manera irremediable. Sólo las matemáticas dan la razón a los que piensan que no todo está perdido. Si lo está o no, se verá en próximos ridículos. Y no en los mejores cines, sino en un Estadio Municipal de La Romareda que no merece vivir esta vergüenza.